Te animo a que leas esta carta del hermano Roger... Investiga quién fue este hombre y haz un comentario a la carta
| Carta de Taizé |
|
Esta carta, escrita por el hermano Roger, de Taizé, ha sido traducida en 58 idiomas (de los cuales 23 son de Asia y 7 de África), para el vigésimo encuentro europeo de jóvenes que tiene lugar durante cinco días en Viena (del 29 de diciembre de 1997 al 2 de enero de 1998).
Esta carta será meditada durante los ENCUENTROS EUROPEOS DE JÓVENES que reunirán en Taizé, semana tras semana, a jóvenes de toda Europa y también de otros continenetes. ¡Felices los que aspiran a avanzar hacia un tiempo de confianza y sencillez! Ellos no quieren ser "maestros de inquietud", sino "servidores de la confianza". Descubren que, en nuestras vidas, lo más luminoso se consturye con una confianza muy sencilla (1). Algunos lo saben: en el Evangelio hay una esperanza tan bella que quisieran vivirla. No una esperanza que sea pura proyección de deseos fugitivos, sino la que engendra un impulso creador hasta en las situaciones aparentemente sin salida. Esta esperanza vuelve a inventar el mundo (2). Pero, ¿dónde está la fuente? Está en la mirada de compasión que Dios pone en cada uno de nosotros. Dios da sentido a nuestra vida también a través de lo que en nosotros es vulnerable (3), «sin belleza ni esplendor» (4). El hace que arda en nosotros una llama. Puede que sea muy débil, pero ella ilumina ya nuestras oscuridades. Aunque pueda haber momentos en los que la confianza se desvanece, quisiéramos vivir de la promesa de Cristo y recordar que su Espíritu Santo permanecerá siempre en cada uno; él será un apoyo y un consolador (5) . ¿Quién es este Espíritu Santo? Es el Espíritu de Cristo resucitado. Semejante al viento, escuchamos su voz, pero no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va (6). Es el soplo de Dios, siempre ofrecido, siempre presente. ¿Dejarás que brote la oración interior que él anima en ti? (7). ¿Vivirás a Cristo para los demás, acogiendo hasta al más humilde? (8) . Ante el incomprensible sufrimiento humano, cada vez que alivias la prueba de un inocente, es Cristo quien te visita (9). Buscar ser creador de solidaridades y compartir, libera en ti fuerzas vitales que vienen directamente del corazón de Cristo. Cuanto más saques de la oración energías creadora más descubrirás una capacidad para construir con los otros (10). ¿Lo presientes? Lucha y contemplación tienen una sola y única fuente: si rezas, es por amor; si luchas, asumiendo responsabilidades para hacer que la tierra sea más habitable, es también por amor. Cristo dirige una llamada nueva: «Amad a vuestros enemigos, rezad por quienes os hacen mal» (11). Y como amar significa perdonar, Dios espera que vayamos lo más lejos posible en el camino del perdón. Ahí se encuentra el secreto de una libertad. Quien aspira a una reconciliación busca escuchar más que convencer, comprender más que imponerse (12). Nosotros que quisiéramos seguir a Cristo, quizás en nuestra infancia o a lo largo de la vida hayamos sido humillados o incluso rechazados. Llega el día en que nos damos cuenta: yo no puedo quedarme ahí, voy a ir hacia los que me han herido (13). Si nos rechazan, ¿dejaremos que el veneno de la amargura paralice nuestras profundidades? No, de ninguna manera. Descubriremos que cuando tomamos el riesgo de la confianza, nuestro propio corazón se ensancha. Y brota lo inesperado: la reconciliación se reconoce en nosotros por la paz y la alegría que suscita. Cuando muchos cristianos han perdido la alegría, la llamada a reconciliarnos nos interpela más que nunca (14). Solos, separados, ¿cómo podríamos avanzar durante toda la vida en una espera contemplativa? ¿Cómo perseverar en las responsabilidades que hemos asumido por los demás? ¿Nos olvidaríamos de que nunca estamos solos? En el Cuerpo de Cristo hay una comunión en constante devenir que se llama la Iglesia. Una libertad interior puede crecer en nosotros cuando la Iglesia mantiene abiertas las puertas a una alegría y a una gran sencillez. Incluso con casi nada, se hace acogedora, cercana a las penas humanas, presente en la historia, atenta a los más necesitados (15). Cuanto más nos acercamos a la alegría y la sencillez del Evangelio, más se transmite la confianza de la fe. Elegir la sencillez sostiene en el mundo una comunión universal en Cristo (16) . Y lo asombroso es que Cristo, el Resucitado, no excluye a nadie, ni de su perdón ni de su amor (17). Entonces pedimos la mayor alegría: una misma espera, un mismo amor, una sola alma» (18) . Es ante todo con un testimonio de vida como podemos hacer creíble esta comunión de amor en el Espíritu Santo (19). Y si Cristo nos preguntara: «¿Quién decís que soy yo?» (20). Quisiéramos responderle: Cristo, tú no has venido al mundo para condenarlo, sino para que todo ser humano encuentre un camino abierto por tu compasión (21). Tú eres quien me ama hasta en la vida que no tiene fin (22). Tú lo sabes todo de mí, mi deseo de comprender y ser comprendido, de amar y ser amado (23). Tú me abres el camino del riesgo. El no en mí lo transfiguras poco a poco en un sí de eternidad. Cristo, Presencia Misteriosa, tú rezas en mí, de día como de noche, sin que yo sepa cómo (24). Encomendando en todo momento mi espíritu a tus manos (25), no me inquieto si mi oración es a menudo tan torpe. Tú me has buscado incansablemente. Tú me sugieres: Vive lo que has comprendido del Evangelio (26). Ven y sígueme... (27). ¿Por qué he estado indeciso tanto tiempo?... No obstante, sin haberte visto, te amaba (28). Y, un día, me di cuenta: tú me llamas a una decisión sin retorno. Quisiera ser transparente contigo, no ocultarte nada de mi corazón, darte no solamente una etapa sino toda mi vida. El Evangelio nunca mira con pesimismo al ser humano. Jamás invita a la melancolía. Al contrario, despierta a una apacible alegría. Y cuando hay un sufrimiento, el corazón puede estar roto pero no endurecido (29) . Siglos antes de Cristo, un creyente descubría esto: «La alegría del corazón es la vida del ser humano» (30). La llamada a una alegría interior nos pone ante una opción fundamental: ¿sabremos en todo momento tomar la decisión de vivir en el espíritu de la alabanza? (31). ¡Qué se alegre nuestro corazón! La belleza sencilla de la oración común es uno de los lugares donde se renueva una alegría interior que es espíritu de la alabanza. La oración cantada, ¿no es como uno de los primeros dones de nuestra resurrección aquí en la tierra? (32). El Evangelio nos dice que cuando Cristo rezaba se llenaba de gozo, pero también lloraba y suplicaba (33). En nosotros puede haber resistencias, opacidades, momentos de oración en los que nuestros labios permanecen inexplicablemente cerrados (34). Pero «hay también una voz y un lenguaje del corazón. Esta voz interior es nuestra oración cuando nuestros labios permanecen cerrados y nuestra alma está abierta ante Dios. Nos callamos y nuestro corazón habla; no para los oídos humanos, sino para Dios. Tenlo por seguro: Dios sabrá escucharte» (35).
Espíritu Santo, en el Evangelio hay una esperanza tan bella que quisiéramos vivirla en nuestros corazones. ¿Dónde está la fuente? Está en la mirada de compasión que Dios pone sobre cada uno de nosotros. |


Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados